Hay mujeres que son celestinas por naturaleza, algunas hasta la obsesión, y siempre están buscando la forma para despertar el interés de alguna que esté sola, y son capaces de venderle
‘como bueno’ al primer
zombie que no tenga anillo en la mano izquierda, aunque tenga aspecto de asesino serial.
Pero si es bueno, ¿por qué no te gusta? Porque parece Anibal, el namber uan.
Ay, no seas mala, no seas prejuiciosa.
¿Por qué no te gusta? ¡Qué incógnita! ¿Existen explicaciones lógicas para responder esa pregunta? Creo que no. Cuestión de piel o de química que no se puede traducir en palabras. Como la pregunta contraria
¿qué le vió? Tampoco tiene respuesta. Y ni hablar del interrogante ¿
Es un hdp, por qué te gusta?
Es así que durante un tiempo mis amigas insistían con
Leandro, el candidato perfecto. Al decir de las viejas, Leandro siempre fue un
buen partido: es lindo, vive solo, trabaja y es muy divertido. Lo que me divierto con él no tiene nombre. Me hace reír muchísimo. ¿
Por qué no Leandro? Preguntaban. Mi respuesta era simple:
porque no me da bola. Y ahí aparecían todo tipo de teorías y especulaciones, porque descifrar a Leandro no era tarea sencilla. Y esa manía de buscar palabras encriptadas, de leer
entrelíneas, hacía las cosas más confusas. Pero esto no surgía por agarrarnos del aire y fantasear cuentos de hadas. Leandro fomentaba la falta de claridad. Como un maestro del doble sentido, hacía juegos de palabras, insinuaba. Y cuando todo parecía indicar que
sí había algo entre nosotros, él se alejaba, o se hacía el desentendido, y un silencioso y no pronunciado
‘
No’ me cacheteaba la realidad en la cara y todo se diluía en segundos. Leandro me gustaba, más cuando estaba sola, hasta que me cansaba de tanta indecisión y mi mirada buscaba otros horizontes. Me olvidaba de él cuando estaba interesada en otro.
Sin embargo ‘
Leandro, el candidato’ era el tópico preferido de conversación, sobre todo después de alguna juntada donde habíamos estado riéndonos, toda la noche, juntos. Y volvía la pregunta
¿Y qué onda?
- Quizás no le gusto. Repito, no tengo por qué gustarle.
- Mmmm, para mí no, ¿por qué hace lo que hace y dice lo que dice entonces? – insiste María
- Para mí, Julia, es por tu hermano. Son amigos de toda la vida y te ve como la hermanita del amigo – opina Sofía
- No, no creo. Mi hermano no es cuida.
- Capaz que no te ve como la hermanita del amigo, pero si le pesa el hecho de que sos la hermana del amigo – aporta Emilia
- ¿Pero por qué? ¿Acaso los hombres no siempre quieren que los amigos le presenten a la hermana y a las amigas de la hermana?
- A lo mejor siente que si tiene algo con vos, se tiene que poner las pilas en una relación estable, porque no le da para un polvo con la hermana del amigo – agrega Emilia.
- Pero la puta madre – protesto - soy una mujer, antes que la hermana del amigo. Y yo no se si quiero una relación estable. Me gusta, pero no se qué onda. Si pasa algo a lo mejor, ninguno de los dos quiere más. Qué se yo. Eso no se puede saber. Y somos grandes como para manejarlo, me parece.
Y el tema ‘Leandro, el candidato’ se enriquecía con nuevos análisis, más conclusiones, revisiones de escenas anteriores entrelazados con los avances del próximo capítulo.
Cansada de tanta especulación y ansiosa por una definición, decidí que iba a tener que dar el primer paso, si es que no quería quedarme con la duda. Y odio quedarme con la duda.
Llegó el día de su cumpleaños y festejaba en su departamento. La noche se desenvolvía como de costumbre: comer, tomar, hablar tonteras y reír a carcajadas. Estuve evaluando cada gesto para tomar coraje. Los invitados se fueron yendo.
- Julia, ¿te llevo? – preguntó mi hermano. Él y unas amigas eran los últimos.
- No, no – dije para el asombro de Leandro y el resto – Me quedo, estoy escuchando U2 – Qué excusa más idiota, pensé.
Leandro los acompañó hasta el ascensor y volvió. Yo estaba sentada a la mesa. Se sentó al lado. Dijo que estaba muy borracho y me empezó a contarme sus aventuras amorosas con una salteña que conoció por Internet.
-
“Y a mí qué carajo me importa” – pensé – o quiere demostrar que no es un
nono, como yo le digo, porque siempre se va a dormir temprano y nunca mostró una novia, o es su forma sutil de decirme que no le gusto nada.
- ¿Y por qué no la invitaste a tu cumple? – pregunté después de escuchar el relato de la supuesta vida de casado que hizo por unas semanas.
- No, porque no daba.
- ¿Por qué no? – insistí – y esta escena se repitió unas cuatro veces.
- Porque es un bagarto – concluyó.
- Mirá si sos hijo de puta, ¿y qué tiene?
Y me cambió de conversación, retomando a su estado de embriaguez:
- Tengo un pedo.
- Bueno, me voy – dije y me levanté.
- Te acompaño a tu casa.
- Dejate de joder, decís que te caes del pedo, vivo a 8 cuadras, me voy caminando.
- No, no te vas a ir sola, te acompaño.
- Me tomo un taxi.
- Son 8 cuadras, te acompaño.
- Estás borracho, me voy a pata – y la escenita se repitió hasta el hartazgo. - Bueno, como no me dejás ir sola y yo no quiero que me acompañes, me quedo a dormir y listo – subí la apuesta y Leandro tardó en reaccionar:
- ¿Y vos te vas a animar a dormir como
amiguitos conmigo?
- Por supuesto, si estás tan en pedo no se te debe ni parar – y nos reímos.