Es hora de que la historia cambie


Últimamente me debato entre rendir las últimas materias de una carrera que, muy a mi pesar, cada vez se hace más larga y la búsqueda funesta de un trabajo que pareciera jugar a las escondidas conmigo. Lejos de encontrar el laburo de mis sueños, las ofertas laborales que abundan se asemejan a mis pesadillas. Y así voy, de entrevista mala, a entrevista peor, mientras lleno mis vacíos leyendo lo que me gusta y lo que debo, tratando de darme ánimos cuando nada me motiva, pensando que ya vendrá algo mejor. Y apelo a que se confirme la mejor propuesta laboral que tuve en mucho tiempo, que no deja de ser bastante pobre, porque otra no queda, ya que a nadie le interesa emplear a alguien que osa tener la prioridad, además de trabajar, de recibirse. ¡Qué desacatada! ¿Cómo se me ocurre?
Y mientras me convenzo de que me merezco algo mejor, de que tengo capacidades y herramientas para un laburo como la gente y para conseguir mi tan ansiado título, me topo con gente bruta que está en un escalón arriba, y me pregunto: si animalitos como estos  pudieron, ¿por qué yo no?



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Extractos de apuntes elaborados por una abogada que tiene a su cargo un curso de Historia del Derecho Argentino, de la Universidad Nacional de Córdoba. ¡Ay qué bestia, qué animal! No hay derecho.


El dúo dinámico

Hoy los invito a que pasen por acá y se acovachen, para seguir hablando de cine.

Y con un poquito de atraso, también los invito a que chusméen acá la página 6.

¡Muchas gracias!


Leandro, el candidato [tercera parte]


Quería seguir durmiendo pero no podía conciliar mis pensamientos con mi cansancio. Simultáneamente sentía tristeza y alegría. Tenía tantas emociones encontradas que no podía diferenciar donde terminaba una y donde empezaba la otra. En las sensaciones que me invadían predominaba la angustia, y había desatado un llanto que no podía contener ¿Por qué lloraba desconsoladamente si la noche anterior había festejado? Lo sucedido se mezclaba con un sueño que apenas recordaba. Pero si me acordaba con exactitud todo lo que había pasado, como se habían acomodado las cosas para que la casualidad me juntara con Leandro la noche anterior.
Me había encontrado un día antes con Fer, un amigo que hacía mucho tiempo no veía. Me invitó a una fiesta de la primavera porque tenía a su cargo una parte de la organización, y como hacía tanto que no nos juntábamos, acepté. La fiesta era en un famoso boliche que no conocía y que me daba curiosidad conocer, y allá fuimos, Valentina, Sofía y yo. No soy fan de la música electrónica, del punchi punchi, ni de los desfiles primaverales, pero nos estábamos divirtiendo, mirando el espectáculo y brindado por el reencuentro. En un momento me pareció ver que Leandro caminaba entre la multitud, a un par de metros de donde estaba. ¿Leandro acá?, no puede ser, pensé. No sale nunca, y menos acá, seguía diciéndome. Traté de afinar la vista, y efectivamente era él. La miré a Valentina, le dije “Leandro” y salí detrás de él. Me escurrí entre la gente y a una velocidad increíble llegué a alcanzarlo y le toqué el hombro.
Stop. Falta un detalle. Recapitulemos. No estaba en un boliche cualquiera, estaba en la maricoteca más emblemática de la ciudad de Córdoba, y el desfile era para elegir al “chico primavera”. Estábamos rodeadas de gays, incluyendo a mi amigo Fer, quien era el asesor de imagen de algunos de los que desfilaban. Valentina puteaba porque los hombres no le miraban ni una teta ¡No hay un solo hetero!, reclamaba a vaya saber quien. Sofía me preguntaba si parecía mujer o un travesti y Valentina decía sentir lo mismo. Los tipos desfilaban en ropa interior y los hombres gritaban más que las mujeres. La noche se estaba convirtiendo en algo demasiado bizarro.
Ahora sí. Le toqué el hombro, Leandro se dio vuelta, y las palabras salieron sin control:
- Leandro, ¡sos puto y no me dijiste nada! – le grité.
- Nunca pude – me dijo y se rió. La música se transformó en un ruido sin sentido, que parecía sonar muy lejos. Leandro me preguntaba con quién estaba y adonde. Dijo algo de comprar cerveza y de volver después. Yo respondía por inercia y volví con las chicas, caminando sin sentir mis piernas. “Nunca pude”, resonaba en mi mente. ¿Nunca pude contarte, nunca pude ser puto, nunca pude qué? ¿Era una joda? ¿O al fin todo cerraba?
- Es puto, Julia – decía Valentina
- No te puedo creer – protestaba Sofía.
Leandro volvió, como había prometido.
- Vengo a confirmar lo que me preguntaste antes – dijo y se reía.
- Me estás jodiendo, boludo – negaba neciamente, esperando que la risa sea joda y no producto de los nervios.
- En serio, no me lo hagas más difícil. Soy gay.
- La puta que te parió, me quedé a dormir con vos y no me dijiste nada – le reprochaba a la vez que me reía mientras negaba con la cabeza. Quería abrazarlo, quería llorar, quería reír, quería celebrar. Me sentía patética por haber perdido aceite tantos años, pero a la vez me sentía feliz por conocer la verdad, por saber que Leandro tenía una vida que ya no me iba a ocultar, que a pesar de haberlo visto ahí podría haberlo negado, pero se había decidido a confesarme lo que muchas veces sospeché, y pregunté hasta el hartazgo, para que todos me dijeran “nada que ver”. También lo hacía responsable de su parte, de haberme tenido de pantalla, quizás inconscientemente, para que todos piensen que tenía onda conmigo y nadie cuestione lo contrario. Pero eso ya no importaba, lo comprendía y lo aceptaba. Finalmente entendí muchas cosas mientras él más me contaba. La salteña que no quería presentar porque era un bagarto, era en realidad un salteño. Cuando no salía con nosotros, o se escapaba temprano de un asado no se iba a dormir, al menos no solo, y tenía más joda que todos los que lo creíamos un nono. Me enteré de todas las veces que me quiso contar cuando salíamos juntos a correr y ahí comprendí que los silencios se debían a que no se animaba. Entendí que no debe haber sido fácil para él y que nunca quiso lastimarme. Cuando me dijo años atrás “tenemos que hablar”, después de la noche que me quedé en su cama, era sobre esto.
- Sos mi única amiga, Julia, sabés las veces que te lo quise decir – dijo emocionado y me conmovió. Lo abracé fuerte. Y agradecí a la parte más recatada de mi ser que hizo que aquella noche no me hubiera sacado el pantalón.




Leandro, el candidato [segunda parte]



Nos preparamos para dormir. Leandro salió del baño en boxer y se acostó en la cama. Yo me había sacado las sandalias, el cinto, el corpiño, pero seguía vestida. Me acosté junto a él. Estábamos enfrentados. Puse mi mano sobre la almohada y me la tomó. Me preguntó si no me iba a sacar el jean. Le dije que no. Pensaba que ya había hecho mi movida y que ahora era su turno. Rozó mi pie con el suyo:
- Tenés los pies fríos – dijo.
- Si, siempre – respondí, y frotó sus pies con los míos para darme calor. Se hizo un silencio. Ahí estábamos, enfrentados, tomados de la mano a la altura de la almohada, sin decirnos nada, al menos por un rato. Mi cabeza no paraba un segundo, pensaba qué decir, qué hacer. La situación era muy rara. A pesar de que había fantaseado con estar en su cama, no dejaba de estar nerviosa e insegura. No me animaba a subir más la apuesta porque no quería otro fiasco, y menos con él. No era un casiconocido al que después no iba a ver más. Me aterraba la idea de avanzar más y obtener por respuesta un rechazo. Parecía que se había dormido, pero al rato empezó a reírse:
- Qué jodón el tuyo, en la cama con un tipo que no da más del pedo, y encima no te sacás el jean para hacer cucharita.
Mis intenciones eran claras y no consideraba que necesitara ponerle más énfasis como sacarme el pantalón.
- Sacámelo vos – pensé, pero no se lo dije. Esperando el beso que nunca llegó, me dormí. Al otro día desayunamos y me fui a mi casa. Mientras caminaba las 8 cuadras hice un repaso mental de las últimas horas y tenía ganas de tirarme en la primera alcantarilla que viera. Quería que me tragase la tierra.
A los días hablamos por teléfono:
- Tenemos que hablar sobre la otra noche – me dijo. Quedamos en que nos pondríamos de acuerdo para juntarnos a charlar, pero la conversación se postergó por un acontecimiento no previsto que sucedió poco después: conocí a alguien y me puse de novia. Leandro seguía siendo mi amigo y sobre esa noche no dijo nada.
Mi hermano pasó a buscarme una tarde, antes de la charla telefónica con Leandro y saqué el tema:
- ¿Viste que en cumple de Leandro me quedé?
- Si – respondió – pero me dijo Leandro que te fuiste al rato.
- ¿Ah, si? No, me quedé a dormir, pero no pasó nada.
- Yo pensé que habían cogido – dijo para mi asombro.
- No, no me tocó un pelo. Quizás porque soy tu hermana, o porque soy la amiga.
- Eso es una boludez. Somos grandes.
- Capaz que no le gusto.
- No creo, es cagón nomás.
- ¿No será gay?
- Nooo, nada que ver. Es cagón – concluyó mi hermano.
Tiempo después, tomando una cerveza con el Vasco, le conté lo sucedido aquella noche.
- Bueno, Julia, no te quejés, Leandro te respetó.
- ¿Me respetó? Para mi es una falta de respeto que no me falte el respeto cuando yo quiero que me lo falten.
- Boluda, te digo en serio.
- Entonces no le gusto.
- Te dije una vez que conversando con él, me dijo que vos tenés todo lo que le gusta de una mujer.
- Claaaaaaro, y por eso me respetó.
- Si, Julia, te respetó, porque sos la amiga – Protesté resoplando y propuse un brindis por los desencuentros.
Un par de años después, cuando la soledad era mi compañía otra vez, volvía a resurgir entre mis amigas celestinas, las miradas con renovadas esperanzas hacia ‘Leandro, el candidato’, en cuanto avistaban en mí el más mínimo interés. Y los jueguitos de doble sentido renacían, como siempre, cada tanto.
Me había mudado más cerca de su casa, y empezamos a ir a correr al parque colindante a nuestra calle. Él me pasaba a buscar, y yo, que tengo menos estado que Israel, trataba de seguirle el ritmo, pero esa actividad compartida no duró mucho tiempo. Mis rodillas se inflamaron y no podía siquiera subir las escaleras de mi trabajo. Aquellas tardes en las que pasamos tiempo juntos y solos, ninguno habló sobre nosotros, si es que había un ‘nosotros’ pendiente.
De vez en cuando nos mandábamos sms, el escribía algo sugerente, yo retrucaba, pero todo se había convertido en mera diversión. Resignada y quizás desinteresada, me divertía con cada una de sus ocurrencias y cada respuesta mía. Y así continuó el histeriqueo crónico, la falta de definición, las teorías de mis amistades, mis análisis, pero ya sin esperar nada más. Siempre más de lo mismo, hasta que todo cambió. Poco más de cuatro años después de aquel cumpleaños, me desperté una mañana con un terrible dolor de cabeza, una resaca espantosa y una sensación que no podía precisar. Mientras trataba de incorporarme, recibí un sms de Leandro:

"Todo lo que creés que pasó anoche fue producto de tu imaginación por el alcohol.
Nunca nos vimos, jajaja"
Y empecé a llorar.



Leandro, el candidato

Hay mujeres que son celestinas por naturaleza, algunas hasta la obsesión, y siempre están buscando la forma para despertar el interés de alguna que esté sola, y son capaces de venderle ‘como bueno’ al primer zombie que no tenga anillo en la mano izquierda, aunque tenga aspecto de asesino serial. Pero si es bueno, ¿por qué no te gusta? Porque parece Anibal, el namber uan. Ay, no seas mala, no seas prejuiciosa.
¿Por qué no te gusta? ¡Qué incógnita! ¿Existen explicaciones lógicas para responder esa pregunta? Creo que no. Cuestión de piel o de química que no se puede traducir en palabras. Como la pregunta contraria ¿qué le vió? Tampoco tiene respuesta. Y ni hablar del interrogante ¿Es un hdp, por qué te gusta?
Es así que durante un tiempo mis amigas insistían con Leandro, el candidato perfecto. Al decir de las viejas, Leandro siempre fue un buen partido: es lindo, vive solo, trabaja y es muy divertido. Lo que me divierto con él no tiene nombre. Me hace reír muchísimo. ¿Por qué no Leandro? Preguntaban. Mi respuesta era simple: porque no me da bola. Y ahí aparecían todo tipo de teorías y especulaciones, porque descifrar a Leandro no era tarea sencilla. Y esa manía de buscar palabras encriptadas, de leer entrelíneas, hacía las cosas más confusas. Pero esto no surgía por agarrarnos del aire y fantasear cuentos de hadas. Leandro fomentaba la falta de claridad. Como un maestro del doble sentido, hacía juegos de palabras, insinuaba. Y cuando todo parecía indicar que sí había algo entre nosotros, él se alejaba, o se hacía el desentendido, y un silencioso y no pronunciado No’ me cacheteaba la realidad en la cara y todo se diluía en segundos. Leandro me gustaba, más cuando estaba sola, hasta que me cansaba de tanta indecisión y mi mirada buscaba otros horizontes. Me olvidaba de él cuando estaba interesada en otro.
Sin embargo ‘Leandro, el candidato’ era el tópico preferido de conversación, sobre todo después de alguna juntada donde habíamos estado riéndonos, toda la noche, juntos. Y volvía la pregunta ¿Y qué onda?
- Quizás no le gusto. Repito, no tengo por qué gustarle.
- Mmmm, para mí no, ¿por qué hace lo que hace y dice lo que dice entonces? – insiste María
- Para mí, Julia, es por tu hermano. Son amigos de toda la vida y te ve como la hermanita del amigo – opina Sofía
- No, no creo. Mi hermano no es cuida.
- Capaz que no te ve como la hermanita del amigo, pero si le pesa el hecho de que sos la hermana del amigo – aporta Emilia
- ¿Pero por qué? ¿Acaso los hombres no siempre quieren que los amigos le presenten a la hermana y a las amigas de la hermana?
- A lo mejor siente que si tiene algo con vos, se tiene que poner las pilas en una relación estable, porque no le da para un polvo con la hermana del amigo – agrega Emilia.
- Pero la puta madre – protesto - soy una mujer, antes que la hermana del amigo. Y yo no se si quiero una relación estable. Me gusta, pero no se qué onda. Si pasa algo a lo mejor, ninguno de los dos quiere más. Qué se yo. Eso no se puede saber. Y somos grandes como para manejarlo, me parece.
Y el tema ‘Leandro, el candidato’ se enriquecía con nuevos análisis, más conclusiones, revisiones de escenas anteriores entrelazados con los avances del próximo capítulo.
Cansada de tanta especulación y ansiosa por una definición, decidí que iba a tener que dar el primer paso,  si es que no quería quedarme con la duda. Y odio quedarme con la duda.
Llegó el día de su cumpleaños y festejaba en su departamento. La noche se desenvolvía como de costumbre: comer, tomar, hablar tonteras y reír a carcajadas. Estuve evaluando cada gesto para tomar coraje. Los invitados se fueron yendo.
- Julia, ¿te llevo? – preguntó mi hermano. Él y unas amigas eran los últimos.
- No, no – dije para el asombro de Leandro y el resto – Me quedo, estoy escuchando U2 – Qué excusa más idiota, pensé.
Leandro los acompañó hasta el ascensor y volvió. Yo estaba sentada a la mesa. Se sentó al lado. Dijo que estaba muy borracho y me empezó a contarme sus aventuras amorosas con una salteña que conoció por Internet.
- “Y a mí qué carajo me importa” – pensé – o quiere demostrar que no es un nono, como yo le digo, porque siempre se va a dormir temprano y nunca mostró una novia, o es su forma sutil de decirme que no le gusto nada.
- ¿Y por qué no la invitaste a tu cumple? – pregunté después de escuchar el relato de la supuesta vida de casado que hizo por unas semanas.
- No, porque no daba.
- ¿Por qué no? – insistí – y esta escena se repitió unas cuatro veces.
- Porque es un bagarto – concluyó.
- Mirá si sos hijo de puta, ¿y qué tiene?
Y me cambió de conversación, retomando a su estado de embriaguez:
- Tengo un pedo.
- Bueno, me voy – dije y me levanté.
- Te acompaño a tu casa.
- Dejate de joder, decís que te caes del pedo, vivo a 8 cuadras, me voy caminando.
- No, no te vas a ir sola, te acompaño.
- Me tomo un taxi.
- Son 8 cuadras, te acompaño.
- Estás borracho, me voy a pata – y la escenita se repitió hasta el hartazgo. - Bueno, como no me dejás ir sola y yo no quiero que me acompañes, me quedo a dormir y listo – subí la apuesta y Leandro tardó en reaccionar:
- ¿Y vos te vas a animar a dormir como amiguitos conmigo?
- Por supuesto, si estás tan en pedo no se te debe ni parar – y nos reímos.




Alcen las barreras para que pase Florencia [Reloaded]

Florencia, me demostró una vez más, que las barreras son frágiles.
Flor es una mujer divertida, linda y muy ocurrente. Y a veces es desopilante. Nos encontramos una tarde en un bar después de no vernos por unas semanas.
- Conocí un chico. Me gusta – me dice Flor entusiasmada, y luego me da el detalle de cómo lo conoció, nombre, apellido y árbol genealógico, todo lo que hablaron, desde su currículum vitae, pasando por una síntesis de su historia de vida, hasta su signo zodiacal.
- ¿Y en que quedaron? – pregunto intrigada.
- Salimos el sábado pasado a un pub. Nos dimos unos besos.
- ¡Que bueno! ¿Y qué tal estuvo?
- La pasé re lindo. Además besa bien. Hoy me llamó de nuevo y quedamos que mañana salimos a cenar.
- ¡Excelente Flor! Buenísimo que bese bien. ¿Y sólo hubo besos?
- Si,… bueno, besos y un poco más. Nos re calentamos. Pero, ¿sabés qué pasa, Julia? Es que me gusta mucho. No me daba para tener relaciones. Mirá si después no me llama de nuevo.
- ¿Y mañana? ¿Qué onda si se calientan de nuevo?
- Y no, mañana tampoco.
- ¡Ay, Flor! Esas cosas no se planean, se dan o no se dan. A mi no me gusta calentar a un tipo y dejarlo con las ganas. Como tampoco me gusta calentarme y quedarme con las ganas. Hacé lo que sientas. No te enrosques tanto en el qué dirá o qué pensará. Tal vez no es el hombre de tu vida.
Para la segunda cita que tenía con Matías, Flor fue a casa de Sofía para producirse.  Después de probarse distintas opciones de ropa y  de vestirse con la definitiva, Florencia entró al baño para maquillarse. La puerta del baño estaba entreabierta, y Sofía, que se dirigía a su habitación, al pasar delante de la abertura, distingue la silueta de Florencia que bajaba y subía. Intrigada vuelve hasta el baño, mira hacia adentro y ve que Flor, tomada del lavamos, estaba haciendo una suerte de sentadillas.
- ¿Qué estás haciendo Flor? – pregunta Sofía con las cejas fruncidas.
- Gimnasia, para levantar la cola – contesta con seriedad Florencia.
- Ah, ¿y haces todos los días? – trata de entender Sofía.
- No, sólo cuando voy a salir con un chico – Florencia se incorpora, y luciendo su perfil, agrega – ¿Viste que se nota? La tengo más parada – asegura convencida. Sofía larga una carcajada.
- ¡Estas loca nena!
- En serio, mirá – insiste Flor - Lo que si, te digo que no pienso hacer nada con Mati, me gusta en serio, y no voy a tener sexo. Además, no estoy depilada.
Sofía entiende, como yo, que la frase “además no estoy depilada” es la clave de que no está muy segura de que “no va a tener sexo”, y que su falta de depilación es sólo una barrera.
- ¿Y si te depilás por las dudas?
- No, ¿para qué?... ya te dije, no pienso tener sexo – Sofía mira el cielo raso, como esperando una señal divina de la mancha de humedad del techo del baño.
Florencia está lista para salir, lleva prestado las sandalias y la cartera de Sofía. Matías es puntual en el momento del encuentro, y van rumbo a un resto-bar para cenar. Cenan. Conversan. Se gustan. Se besan. Siguen conversando. Siguen gustándose y degustándose mientras se besan. Y la noche continúa en el departamento de Matías. Los besos se intensifican, y comienzan las caricias fogosas por encima y por debajo de la ropa. Matías intenta desabrochar el pantalón de Florencia, y ella recuerda que no está depilada. Tiene vergüenza que la toque en la zona donde justamente no está depilada. Sutilmente toma la mano de Matías tratando de que acaricie hacia otros rumbos. Pero la mano de Matías insiste. Florencia está en una situación que no puede controlar, porque está deseando lo mismo que Matías y no sabe que hacer.
- ¿Sabes qué? – le susurra Flor al oído – A mi me gusta más tocarte a vos – dice mientras introduce la mano en su bragueta.
La insólita excusa de Flor para no ser tocada, y su mano, avivaron más el fuego de Matías, y el juego sexual llegó a su punto máximo. Florencia se levantó súbitamente.
- Voy al baño –dijo y tomó su cartera.
Una vez encerrada allí, buscó dentro de la cartera, y sacó una maquinita de afeitar. Comenzó a depilar su entrepierna. Los vellos púbicos cayeron al piso. Los juntó y los arrojó al inodoro. Tiró la cadena. Y los vellos continuaban allí, flotando. Tiró la cadena nuevamente, y repitió la operación unas diez veces, hasta que finalmente los vellos desaparecieron. Cuando miró nuevamente hacia el piso se encontró con que algunos rebeldes estaban aun allí. Tomó un poco de papel higiénico para recogerlos, y como la incomodaba tirar una vez más la cadena, los envolvió en el papel y los guardó en la cartera. Salió del baño, con la frente alta, como si nada hubiese pasado. Se sentó al lado de Matías. Tanto demoró que él estaba frío como un témpano. Cuando volvieron las caricias, el calor de los cuerpos se hizo presente, y pudieron concretar el tan ansiado y obstaculizado encuentro sexual.
Matías nunca se enteró que estuvo haciendo Florencia tanto tiempo en el baño. Tal vez pensó que estaba descompuesta, sobre todo al escuchar tantas veces caer el agua del baño. El bochorno fue peor que la barrera. Y la barrera no fue contundente para el deseo.
A los pocos días nos encontramos para almorzar Sofía, Florencia y yo. Después del relato de Florencia sobre lo acontecido, mi panza me dolía de la risa, y llegué a llorar riendo imaginando la situación.
- Si no querías tener sexo, ¿para que fuiste a su departamento? ¡No te hubieses expuesto Flor! Las barreras no existen – le dije mientras me secaba las lágrimas de los ojos.
- ¡Te hubieras depilado en casa! – exclamó Sofía. El tipo debe haber pensando que te fuiste por el inodoro - Estallamos en risa una vez más.
- Bueno, yo no pensé que íbamos a llegar a ese punto. No quería que me tome por fácil – se atajó Florencia.
- Claro, y por eso te llevaste la maquinita de afeitar en la cartera – le digo entre risas.
- En mí cartera – reclama Sofía – ¡y me la llenaste de pelos!
Matías y Florencia continuaron saliendo. Eso de tomar a Florencia por fácil no estaba dentro de la mentalidad de Matías. Lo que no intuimos fue que Matías tendría una de esas barreras masculinas, que cuando las citas se prolongan en el tiempo, el temor al compromiso aparece, y como sintiéndose acorralados cuando no existen planteos al respecto, anticipando cualquier pregunta, la anotició de que no estaba preparado para una relación formal. Y así, Matías desapareció.




Un voto [de confianza]

Estimados lectores, todos los que comentaron el post anterior [y los que aun comenten] van a participar en breve del sorteo de un Keroppi, cuyo formato de merchandasing aun no fue seleccionado. Pero como no quiero se acusada [?] de tongo, por una horda de fanáticos del sapito [?] que no sean favorecidos en el azar, vamos a implementar un juego para que compitan por otro Keroppi. Acepto sugerencias sobre el futuro certamen, y mientras tanto los invito a participar del Concurso que lanzó Oblogo:

¡Tu voto cuenta! Ayudá a tu blogger favorito a ganar el Premio Oblogo-Hipotecario en la categoría Premio de los Lectores haciendo click aquí.
El Premio Oblogo otorga una suma de dinero en efectivo a los bloggers ganadores en tres categorías: Mejor Post, Mejor Post de Blogger Revelación, y Premio de los Lectores. Con tu voto podés ayudar a que el blogger que te hizo pensar, reir o llorar se lleve los laureles y el reconocimiento del público [además de la mosca].

 

Para votar mi post [El Jeque] ingresen aquí y busquen Oblogo 20. ¡Muchas Gracias!

¡Feliz día a todas las madres que pasan por acá!

Una voz en la net y un post en papel

Señores pasajeros, tengan ustedes muy buenos/as ______ [inserte días, tardes o noches, según corresponda], les pido unos minutos de su amable atención, para presentarles una oferta única, que no pueden dejar pasar, un complemento ideal [?] para la cartera de la dama y el bolsillo del caballero. En esta oportunidad les acerco, directo de fábrica, un producto de Larga Vida al Blog, de Francisca Cárcamo, que consiste en el sexto capítulo de podcast, un maravilloso kit auditivo [?] que contiene una entrevista exclusiva con la autora de este blog [sí, me entrevistaron, quién lo hubiera dicho, ¿no?]. Con este imprescindible adminículo audible [?] usted podrá:
- Sorprenderse al descubrir la capacidad extraodirnaria que tiene la autora [es decir, que tengo yo] para hablar tanta cantidad de pavadas por minuto.
- Conocer los entretelones y detrás de escena de Las historias de Julia.
- Burlarse cada vez que a la entrevistada se le lengua la traba.
- Dejar de escuchar cuando ya no soporte tanta tontera junta [el castigo es de sometimiento voluntario].
- Horrorizarse con la voz de quien escribe y juzgar por si mismo si tengo o no tengo tonada cordobesa.
Pero esto no es todo. También recibirán un ejemplar de la edición Número 20 de la revista Oblogo, que contiene un post de la autora [sí, me publicaron, que loco, ¿no?] en la página 10.
Y como broche de oro, damas y caballeros, aquellos que escuchen la entrevista completa, participan del sorteo de un Keroppi, el sapito simpaticón del blog.
Y todo esto al módico precio de la nada misma. Aprovechen, señores pasajeros [lectores, bobita, lectores], que es gratis. Desde ya, muchísimas gracias y que tengan un feliz retorno a su hogares. Si, señora, ya voy por allá. ¿Alguien más por acá?


Maravillosas ocupaciones


Qué maravillosa ocupación cortarle la pata a una araña, ponerla en un sobre, escribir Señor Ministro de Relaciones Exteriores, agregar la dirección, bajar a saltos la escalera, despachar la carta en el correo de la esquina.
Qué maravillosa ocupación ir andando por el bulevar Arago contando los árboles, y cada cinco castaños detenerse un momento sobre un solo pie y esperar que alguien mire, y entonces soltar un grito seco y breve, girar como una peonza, con los brazos bien abiertos, idéntico al ave cakuy que se duele en los árboles del norte argentino.
Qué maravillosa ocupación entrar en un café y pedir azúcar, otra vez azúcar, tres o cuatro veces azúcar, e ir formando un montón en el centro de la mesa, mientras crece la ira en los mostradores y debajo de los delantales blancos, y exactamente en medio del montón de azúcar escupir suavemente, y seguir el descenso del pequeño glaciar de saliva, oír el ruido de piedras rotas que lo acompaña y que nace en las gargantas contraídas de cinco parroquianos y del patrón, hombre honesto a sus horas.
Qué maravillosa ocupación tomar el ómnibus, bajarse delante del Ministerio, abrirse paso a golpes de sobres con sellos, dejar atrás al último secretario y entrar, firme y serio, en el gran despacho de espejos, exactamente en el momento en que un ujier vestido de azul entrega al Ministro una carta, y verlo abrir el sobre con una plegadera de origen histórico, meter dos dedos delicados y retirar la pata de araña, quedarse mirándola, y entonces imitar el zumbido de una mosca y ver cómo el Ministro palidece, quiere tirar la pata pero no puede, está atrapado por la pata, y darle la espalda y salir, silbando, anunciando en los pasillos la renuncia del Ministro, y saber que al día siguiente entrarán las tropas enemigas y todo se irá al diablo y será un jueves de un mes impar de un año bisiesto.


Y qué maravillosa ocupación es ir a leer el nuevo post que escribí en La covacha. No se lo pierdan [?].

Algo personal, claro

¿A quién no le molesta tener que lidiar con los impenetrables menúes de un 0800  o símil, para llegar a ser atendidos por una persona que pueda resolvernos un problema? ¿A quién no le frusta que, una vez superada la odisea de lograr ser atendido, la persona que está del otro lado del teléfono no tenga cómo brindar una solución y nos transfiera sin dar explicaciones? El sistema es perverso. Pero quienes, con una supuesta sonrisa, nos saludan y nos preguntan en que pueden ayudarnos, en la mayoría de los casos, no tienen la culpa. Y lo digo con conocimiento de causa. Hace muchos años atrás, antes que los call center fueran el boom de la oferta laboral flexible y precaria, yo ingresé a trabajar en uno de ellos. Recuerdo que después  de 5 años [de los 7 que estuve] de estar trabajando a consciencia, una supervisora me dijo “a vos no se te paga para pensar, solamente tenés que saber leer”. En esos días sólo importaba aumentar la cantidad de clientes, a costa de bajar la calidad del servicio de atención, que años antes se habían esforzado por alcanzar y mantener. Cuando ingresé a esta empresa de telefonía celular, antes de que sea una  poderosa multinacional, cuando recién estaba ingresando al mercado de Buenos Aires, era una empresa relativamente chica, con pocos clientes, y como todavía no podían competir con la cobertura, porque estaban instalando antenas, lo único que podía hacer la diferencia era con el servicio, sobre todo con el de atención al cliente, entonces hicieron ahínco en el trato hacia el cliente, y en prepararnos para certificar cuanta norma de calidad había dando vueltas. Todo ese “buen trato” que nos enseñaron, lo borraron de un plumazo años después, cuando ya no interesaba competir por el servicio de atención, porque estaban posicionados en el mercado, y ahora el objetivo era vender, vender y vender. Y atender al cliente se fue transformando en lo que es hoy: un repetir incesante y sistemático de una serie de speech nefastos que ayudan a despachar al cliente lo más rápido posible. Tal como mi supervisora me había dicho, ya no valía pensar, ni intentar entender el problema para encontrar la mejor solución. Y yo venía de otra escuela, de otra área, donde solucionar el problema era mi trabajo, y no podía creer las palabras que escuchaba. Había estado muchos años fuera de la atención directa, en segunda línea, hasta que, gracias a la tercerización de todo el servicio, volví  a estar bajo el mando de esta señora infame, para retornar a primera línea, pero esta vez atendiendo a las empresas. Pretendían la alienación total, que me transforme en un ente no pensante, en un número, incapaz de cuestionar.
Es lógico que estos pibes, los que ahora atienden, que no pueden ni deben pensar, no sepan qué hacer, y que tampoco les importe, porque si se involucrarse demasiado,  puede repercutir en su sueldo. Y como el nivel de rotación es tan grande, nunca terminan de aprender todo lo que deberían saber. Y así el sistema es espantoso. No los pibes, que no pueden hacer más que cumplir objetivos irrisorios y viles, por un salario miserable.
Además de la necesidad económica, creo que aguanté tanto tiempo gracias a mis compañeros, algunos de los cuales al día de hoy son mis amigos. Hay muchas anécdotas y experiencias compartidas, dentro y fuera de la empresa [he contando varias en el blog sin hacer mención de esto] y otras historias que involucran a los clientes. A veces nos burlábamos de los reclamos absurdos, porque no siempre el cliente tiene la razón. Otras nos reíamos de los nombres. No todos los días te enterás de que alguien se llama “Virgencita Santa” o “Presentación”. O la carcajada salía, previo apretar el botón “mute”, por ejemplo, cuando una cliente me vociferó “esto es una estufa”, en lugar de “estafa”, y compartías la risa, además del mate, con quién tenías al lado.
Pero una vez, al poco tiempo de haber ingresado, un cliente se pasó de la línea tolerable del maltrato y queja para con una empresa de telefonía, porque hizo de su reclamo, algo personal. Se la agarró, lisa y llanamente, conmigo. Me cuestionó hasta mi moral por estar laburando ahí. Lejos de explicarme el problema y dejarme buscar una solución, me insultó a mí y a toda mi ascendencia. Me hizo enojar al punto que, para mí también, la cosa pasó a ser personal. ¿Quién era éste tipo para cuestionarme y hacer juicios de valor sobre mi persona? Nunca me habían basureado tanto y encima por un celular de mierda. Estaba indignada. Sí señor, la empresa es una mierda, el servicio también, pero yo no, y si no me decís tu problema no te puedo ayudar, idiota. Tenía mucha bronca. Tanta, que después de cortar, me largué a llorar de la impotencia, por no poder devolverle las puteadas a tremendo infeliz, por no haber podido manejar la llamada y llevarlo para el lado que yo quería. Anoté en un papel su número y su nombre completo. Me compuse y seguí trabajando. Mis compañeros me decían que no le diera bola, que era un idiota, y me mostraban el historial de reclamos que había en la cuenta y como todos  los que lo habían atendido se quejaban de que el cliente no escuchaba y no hacía más que putear. Pero para mí esta vez no había vuelta atrás.
Cuando finalizó mi horario, salí y entré a la primera cabina de teléfono público que encontré. Llamé al 0800. Dije el número de teléfono y los datos del cliente. Fingí ser su esposa. Dije el primer nombre que se me cruzó por la mente: Paula Albarracín. Quizás estaba esperando que quien me atendió se diera cuenta de que era mentira, pero aparentemente mi colega no conocía el nombre de la madre de Sarmiento. Denuncié su teléfono por pérdida, para que le suspendieran la línea. Era un viernes. Hasta el lunes siguiente estuvo incomunicado, porque sin el código de suspensión, que me dieron, no podía reactivar la línea, y el fin de semana no había ningún lugar abierto para que reclamara personalmente.
Cuando miré su línea me reía, disfrutando de mi venganza, mientras leía los reclamos de mi “esposo”: “El cliente dice que no perdió el teléfono y que no está casado”.
Nunca hagas de un reclamo de servicio una causa personal con quien te atiende. Agarrátela con la empresa. Yo se por qué te lo digo. Y mi marido, también.



Fallido

Sentada sobre su cama estaba Analía, estupefacta, mirando la pantalla de su teléfono celular, como si de un fantasma se tratara. Su hermana, al verla, pensó que había recibido malas noticias.
- ¿Pasó algo? – preguntó Julieta.
Analía no contestó inmediatamente. Parecía que quería emitir un sonido pero algo la frenaba. Quería contar algo que no podía enunciar. Respondió con otra pregunta:
- ¿Te acordás que me iba a encontrar con Lucas?
- Si. ¿Qué hizo ahora? – respondió Julieta asumiendo que Lucas se había mandado alguna de las suyas.
- Esta vez nada. Me mandó un mensaje ayer para que nos veamos hoy, y no le respondí. Ahora le mandé un mensaje yo.
- ¿Y? – preguntó Julieta que no entendía aun la fatalidad.
- Le dije algunas cosas subidas de tono.
- ¿Y qué tiene de malo? No es para tanto. ¿O te zarpaste?
- No, no, el problema no es el contenido del mensaje.
- ¿Y entonces? ¿Cuál es?
- Que se lo mandé a la persona equivocada.
- Uuuuh, ¡qué mocazo! ¿A quién? – Analía no respondía. – ¡A tu ex! – arriesgó Julieta.
- No, ojalá.
- ¿Peor?  Mmm. Al chico que conociste en el bar.
- No, boluda. Me estaría riendo por zarpada. Pero me quiero morir, no me da risa.
- ¿Pero a quién puede ser tan grave? Decime. ¿A tu jefa?
- Boluda, me hacés reír. No, eso quisiera.
- ¿Entonces? Dale, largá.
Analía respiró profundo y largó un suspiro que sonó a protesta.
- Al viejo.
- ¿A papá? – Analía asintió avergonzada.
- ¡Ah, nooooooo! Nena, ¡qué fallido! Eso está para el diván.


Concedido

Un cumpleaños. Una fiesta de disfraces. La Mujer Maravilla era la agasajada. Neo estaba cumpliendo su fantasía de ver a su novia con ese disfraz.
Bin Laden cortejaba a una colegiala de uniforme. El Subcomandante Marcos preparaba el fernet. Otros personajes famosos aparecían en escena. La cerveza también.
El Hada Madrina, concedía deseos con su varita mágica a quien se cruzara por su camino. Revoloteaba por todo el salón buscando a quien molestar, interrumpiendo conversaciones, otorgando el supuesto deseo de quien recibía el toque de la varita.
Un par de horas antes del amanecer, Neo tomó de la cintura a la Mujer Maravilla y la acercó a su cuerpo. Le susurró algo al oído y sintió un golpecito en su frente:
- ¡Concedido! - gritó el Hada Madrina.
Neo le sonrió satisfecho a la Mujer Maravilla mientras ella fulminaba con la mirada al Hada. La tomó del brazó y se alejaron.
- Emilia, dejá de joder con esa varita, te voy a matar - dijo la Mujer Maravilla sin poder contener la risa. El Hada Madrina rió.
- ¿Por qué? ¿Qué te estaba diciendo?
- Que esta noche no zafaba. Que hoy me rompe el culo.



Reserven sus localidades

Los invito a un recorrido musical a través del cine [y espero sus comentarios].

¡Muchas gracias!

Testamento - Bonus track

¿Se acuerdan de mi culebrón adolescente titulado Testamento? Quienes todavía no la conocen los invito aquí para que inicien su lectura y vivan una experiencia única [?]. Como les había relatado aquella vez, esa [llamémosle] novela, fue producto de una tarea del colegio que consistía en hacer un libro: no sólo había que elaborar su contenido, sino también armarlo: cortar las hojas, escribirlas en doble faz, numerarlas, diseñar la tapa y encuadernarlo.
He aquí la prueba de mi libro [si, ya se que nadie me pidió ninguna prueba, pero quería estrenar el escaner]. El diseño y la obra material fue muy artesanal, por no decir rústica [a quién quiero engañar]; tiene muchas desprolijidades y el paso de los años ha hecho lo suyo. Se ve la mano de mi vieja en los retoques que hizo en el título. El resto es obra mía. La encuadernación me dio mucho trabajo. El papel cartulina que elegí para elaborar la tapa fue una mala elección, porque me costó mucho forrar con ese papel las tapas duras de cartón e inevitablemente, con el tiempo, se fue rompiendo. Del dorso, sólo quedó la mitad.
En la segunda imagen van a encontrar algo que no les había contado: una guía  que incluí sobre los personajes de la novela, por si lector se perdía con los nombres. Como podrán observar le puse nombre y apellido hasta al personal doméstico y todavía me estoy preguntando ¿para qué?
Pueden deleitarse [?] con el final del primer capítulo, cuando el inspector Prida  le informa al Sr. Lucchesi que Angélica está en el horno, y le recomienda que le busque un abogado de las causas perdidas. También podrán apreciar que está tipeado con una máquina de escribir eléctrica.
Mi nombre completo fue sutilmente removido de la tapa [sepan entender].







Virginia, en un ratpo de locura generosa, me premió con un galardón que se otorga a los blogs que por su contenido [imágenes, relatos, escritos] genera emociones que cobran vida propia.



¡Muchas gracias Vir!

Y en esta oportunidad voy a homenajear a Bustrofedonia y Julia Q. por las razones antes mencionadas.

Tyler Durden, en ocasión a un juego de lógica que realizó en su blog tuvo la deferencia de darme el premio Si me pasan por la caja del supermercado hago 'bip', por haberme abstenido de participar debido a que conocía el resultado.



¡Muchas gracias Tyler!